microbios

(RE)NOIR

He visto desaparecer mi alma. Estaba casi en descomposición, buscando sus pedazos putrefactos entre estas butacas vacías. Había otras almas, igualmente hediondas. Se miraban, algunas incluso intentaban comunicarse. Finalmente todas ellas se han desvanecido con los últimos coletazos de este rollo que ahora se acaba y que será el último que gire en el proyector.

Abandono el Audiorama sin mi alma y a mi espalda oigo la persiana de la puerta que llega al suelo para no levantarse más.

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QUÉ DIABLOS

El diablo y yo hicimos amistad. Sin embargo, dos cosas tengo que reprocharle: que ni una sola noche en todos estos años haya dejado de soñar conmigo (los sueños del diablo son de una intensidad agotadora para una adolescente de bien, y sus estragos difíciles de ocultar a la mañana siguiente) y que no se haya atrevido aún a nada más que a soñarme.

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CONTIGO (SI VAMOS A PONERNOS ROMÁNTICOS…)

Girar la llave, aguantar la respiración y entrar sin pensarlo dos veces. No encender la luz para no ver toda aquella cochambre. En ocasiones pisar algo blando que grita estridentemente y entonces acelerar el paso hasta el entresuelo. Solo después de haber entrado en su casa, respirar. Y por fin el abrazo de Julia. Un abrazo largo. Y no querer estar en ningún otro lugar.

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CAE LA SOMBRA

Autor: Daniel Robles Cruz

          “Quiero ser libre/Vivir mi vida con quien yo quiera”,  de una serie titulada “Y un día decidirse y volar”. El autor es Daniel Robles Cruz y ganó el Concurso Nacional de Fotografía Cuartoscuro 2009 “Dicen que por las noches…”.

Huía del ruido, de la gente, de la luz. ¿No es eso lo propio de la adolescencia?

Más allá, mucho más allá, la ciudad, obscenamente iluminada y con su caos de mediocridades. Ese callejón era mi sitio, al menos lo sería aquella noche. Me sentía segura en mi cobijo de oscuridad, y sin embargo me asustó la sombra de unas alas perfiladas contra el suelo.

Me tranquilizó comprobar que se movían conmigo.

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EXPRIMIENDO UNA SOMBRA

Autor: Daniel Robles Cruz

       No verá amanecer. Tiene apenas diecisiete años, toda una vida. De esta muerte, en cambio, disfrutará hasta el último aliento, para siempre. Parece estar esperándome en la oscuridad expresionista de las noches de Praga. Despliego las alas frente a ella, ofreciéndole cobijo. Ni un solo gesto de terror o angustia. Apenas una sonrisa de lujuriosa satisfacción. No quiere ver amanecer.

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PICASSO Y LAS MUSAS

El Principito (ya grande) se comió al elefante. Y cuando la boa se comió al Principito, la figura resultante se llamó “El Guernica”.

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EL SONIDO DE LA VELOCIDAD

kilómetros de nieve obsesivamente virgen. Por detrás, la hilera serpenteante de mis pisadas. Me detengo, miro a izquierda: nada. Miro a derecha: un finísimo hilo gris, empecinado en no ser absorbido por la nieve, corta el paisaje con precisión y elegancia. Intento seguir con la mirada el recorrido entero de esa incisión perfectamente recta, brillante, extraña. Pero desisto, me alejo. Continúo caminando, sorprendido, confuso, asustado. Frente a mí sólo nieve. Y un rumor lejano, intensificándose. Me detengo, miro a izquierda: nada. Miro a derecha: un monstruo metálico cruza el paisaje a velocidad infernal y desaparece como tragado por la nieve.

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EL FUTURO NO ES LO QUE ERA

De cómo llegué a esta parte de la ciudad (que no conocía en absoluto) envuelto en esta ropa andrajosa (que no era la suya) y en este estado de abatimiento y pesadez, no tengo la menor idea.

Un mundo que no conozco, con la sensación de habitar un cuerpo que no me pertenece (No era sólo una sensación). Caminaré (y se arrastró como pudo) hasta encontrar algo familiar, un punto de partida. Absolutamente nada (no encontró nada porque no lo había).

Es diciembre (eso creía él) y hace calor (de esto es de lo único que podía estar seguro). ¿Lo hacía esta mañana? (y no encontró respuesta porque, en sentido estricto, no había un “esta mañana”).

Tomó una decisión drástica, pero necesaria: volver a ser Él e intentar estar a la altura de lo que creía recordar de sí mismo. Aunque no fue capaz de averiguar cómo.

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Y LOS PÁRPADOS CIERRA Y REPOSA LA FLAUTA

Lo peor no fue advertir en sus ojos el sufrimiento último, el dolor insuperable, porque sabíamos (él y yo) que sería liberador al fin, sino creer haber visto, por un instante al menos, la culpabilidad en el reflejo que de mí devolvían esos ojos. Y supuse que tarde o temprano él acabaría por ver en los míos su propia imagen devuelta en forma de acusación inapelable. No pude soportar esa idea. Le bajé suavemente los párpados, más por verguenza que por compasión.

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PEQUEÑOS PLACERES

Cuando Marcel despertó, casi no podía creer lo que estaba oliendo. A punto estuvo de dejar escapar una lágrima de pura emoción. Se ajustó las gafas y saltó de la cama. Sin lavarse la cara siquiera, aún en calzoncillos, bajó las escaleras de dos en dos, de tres en tres. Como un niño el día de su cumpleaños, se sentó a la mesa fuera de sí. La señora Proust había hecho magdalenas.

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